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comunicar
Empujada por el miedo al hambre y poseída cual niña del exorcista por el espíritu emprendedor (sin girar la cabeza, claro, que eso duele), estos días muto de consultora de comunicación corporativa a comercial de mí misma y me dedico a intentar pescar algo en un lago donde tengo mis dudas que existan peces.
Tenía un buen jefe que siempre decía que todos somos comerciales de nosotros mismos, aunque no lo sepamos. Que el sábado por la noche, con poca luz y mucha música, sabemos vendernos de lo más bien y que esa era la actitud que reclamaba para el trabajo. Yo, que bailaba y bailo en una danza más bien autista, nunca se me ha dado muy bien lo de ser comercial. Básicamente lo odio. Por eso ahora que me toca salir al mundo a ofrecer esto de la comunicación, algo que no se ve, no huele y que con suerte, se conoce, lo paso fatal. Y es que no hay curso de Barcelona Activa que valga para convencerme de que intentar vender algo es un acto de extrema violencia. Casi terrorista. Por eso, ahora que tengo que hacer de comercial, intento vender lo menos posible… A ver si me explico.
Para una empresa, sea grande o pequeña, el comunicar no es una necesidad que se pueda crear. Que va. O está lista o no lo está. O tiene algo que explicar, o no lo tiene. Y si no lo tiene, mejor esperar. Por exigencias del directo en alguna agencia sin escrúpulos (de esas en las que el director gana clientes a base de “sí hombre, no te preocupes, seguro que con el auncio de la renovación del mobiliario de tu oficina te conseguimos portada en el El País. Déjame llamar.”) me ha tocado intentar sacar petróleo de las piedras. Y nada. El petróleo seguía en Arabia y yo seguía cargando piedras. Moraleja number one: necesariamente tiene que haber una historia que contar.
Así como digo esto, digo esto otro: no hay historia pequeña. Me ha tocado también encontrarme con bombazos informativos arrinconados en el cuarto más oscuro de una empresa que después han encandilado a los redactores que se los he ofrecido. Esto es como las relaciones largas, que de tanto ver a tu amado te olvidas de lo bueno que está hasta que reparas que por la calle le lanzan miradas dignas de 9 semanas y media. Moraleja número dos: invitar a una mirada ajena a que descubra historias es un buen comienzo para comunicar, porque como las brujas gallegas, muchas veces las historias, de haberlas, haylas.
Por eso, si confluye el universo en un punto, si alguien tiene algo digno que explicar, si justo aparezco yo, si cree que soy capaz de llevar su historia a los periodistas que harán de ella una noticia y si esta noticia es una pieza digna de twittear, habré cerrado mi ciclo de ventas. Si no, seguiré en mi labor NO comercial… Si en el país de las maravillas de Alicia se podía celebrar un NO cumpleaños ¿porque no voy a poder ser yo una NO comercial? Es que lo presiento: estoy destinada a triunfar.
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